miércoles, 23 de enero de 2019

MAESTRA DE VIDA CONSAGRADA



¿Qué es consagrarse a Dios? Centenares de libros eruditos tratan hoy sobre la vida religiosa. Pero si tuviera que definirlo de manera rápida y sencilla yo diría que consagrada es aquella persona que tiene a Dios en el centro de todos sus afectos. Que vive afectivamente en Dios, por Dios y para Dios.
M. Encarnación afirmó con rotundidad que se sentía llamada a ser toda de Dios “desde la cuna”. Los obstáculos diversos que encontró, muy graves a veces, no consiguieron des-centrarla: su afecto estaba en Dios.
Vamos a ilustrarlo con dos momentos, inundados de afecto, en los que vemos, a través del sencillo gesto que hace, cómo reafirma su consagración al Señor. Y no se trata del gesto “oficial” de una profesión religiosa…veámoslos:

Recordemos cómo el deseo de su padre de que contrajera matrimonio crea en ella un dilema al cual pone fin un sueño. Cuando despierta de ese sueño en el que se ha visto casada con un individuo y comprueba que todavía es posible ser fiel a Dios, que no ha traicionado sus deseos sobre ella, Manuela rompe a llorar y besa el crucifijo prometiendo a Jesús ser siempre suya. En la biografía suya obra de M. Pilar Mas se nos dice:
Efectuose éste [matrimonio en sueños], y, al salir de la iglesia, acompañada de un sujeto al cual pertenecía por entero, que por él había dejado a Jesús, se me apoderó  tal desespero, que abandonando la comitiva, huí adonde nadie pudiera hallarme, a fin de hacer penitencia y llorar mi infidelidad. En tales congojas y desesperación, desperté...! ¡Que gozo sentí al verme libre! ¡Es un sueño!, me dije,  !Que felicidad¡ !no he sido infiel a mi Dios¡, y besando mi crucifijo con ternura, le juré ser siempre suya.
Manuela tendrá pronto dificultades para consagrase al Señor y la salud será una de ellas. Pero ese beso cargado de ternura es, en el fondo, su primera profesión. Será siempre suya…
Otro gesto lo realiza años después. Es un gesto que sabe a Getsemaní y que no tiene, quizá, tanta ternura pero sí una gran radicalidad. En 1882 regresa a su hogar desde Granadella. Sin duda debía embargarla un sentimiento de tristeza, quizá de fracaso: era la segunda vez que volvía al hogar familiar que ella ya no sentía como su lugar en el mundo. Regresa con el oprobio de haber sido expulsada del Instituto en el que profesó. Al llegar al Cristo de Balaguer se detiene: allí recibe el decreto por el cual es expulsada y se anulan sus votos de pobreza y obediencia. Allí es despojada del hábito que la identifica como esposa del Señor. Pero ella sabe, en el fondo, que eso son cosas humanas, que nadie puede cambiar ese deseo de ser toda de Dios. Y realiza su gesto más radical: deja a los pies del Cristo el collar familiar que había llevado el día de su profesión religiosa en San Andrés. Era un collar muy querido, pues provenía de su madre. Pero lo deja al Cristo realizando así un desposorio íntimo. No sabe cómo será su vida en adelante pero, en lo más profundo de su corazón, sabe que sólo será del Señor.
No deja de ser significativo que deje un collar que siempre, porque venía de su madre, intentó recuperar: lo llevó como dote a las Concepcionistas de Tremp y al salir, por su mala salud, lo solicitó y se le entregó. Lo llevó de nuevo cuando entró como Hija de la Sagrada Familia. Profesó con él el 23 de abril de 1879. Pero al ser expulsada del Instituto lo solicitó de nuevo. M. Montserrat Massanés no quería cederlo alegando que era ya propiedad de la Congregación pero el buen hacer de M. Anna Mª Janer hizo que se lo entregaran.
Había tenido mucho interés siempre en “recuperar” el collar. Pero cuando lo deja a los pies del Cristo de Balaguer lo hace con firme resolución. Nunca buscó rescatarlo.
Fue en 1917 cuando el P. Tallada SF se empeñó en recuperarlo para el museo.  Resulta pues paradójico que en el momento en que deja de ser religiosa oficialmente ella busque y encuentre un gesto que ratifique interiormente su consagración.
Años más tarde escribiría escuetamente la razón de estos gestos: “Mil veces morir antes que ser infiel al Señor”.
Maestra de vida consagrada, sí. Porque es el corazón lo que quiere el Señor.

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