sábado, 22 de diciembre de 2018

MAESTRA DE VIDA CRISTIANA



Vamos a contemplar la figura de madre Encarnación bajo tres aspectos que ella vive de manera entrelazada y simultánea, formando, en cierto modo, las caras de un diamante que todavía hoy nos deslumbra.

MADRE ENCARNACIÓN MAESTRA DE VIDA CRISTIANA.


Aunque podríamos resaltar muchos rasgos vamos a centrarnos en tres que, sin duda, pueden servirnos de modelo pues también  nos son necesarios.

El primero es la primacía de la voluntad de Dios por encima de todo.  
Desde joven Manuela centra su vida en cumplir la voluntad del Señor. Este será su deseo, su motor, su aliento en las dificultades. Ella no se va a preguntar nunca qué es lo que necesita, lo que quiere, lo que le gustaría. Ella se preguntará siempre qué quiere el Señor de ella, qué le gusta, en qué lo puede complacer. Cuando ya, años más tarde, haya encontrado su camino, lo formula en una preciosa frase: quiere vivir “en obsequio de la Sagrada Familia”.
Parece muy fácil decir que la voluntad de Dios es lo primero pero eso supone la capacidad de vivir en abnegación, es decir, haber hecho propia esa virtud cristiana que consiste no tanto en negarse a sí mismo -según indica etimológicamente la palabra - sino en anteponer a todo la voluntad de Dios. Supone por tanto un íntimo conocimiento de Dios y de uno mismo, un abandono y una confianza total en Aquel que todo lo puede.


El segundo rasgo es la responsabilidad de haber recibido el don de la fe.  Manuela recibe este don en familia. Pero ella será constante en hacer crecer ese don recibido desde la infancia y su segundo hogar será la parroquia. La parroquia como iglesia local que la refiere a una iglesia universal; porque si algo destaca en la joven Manuela es, precisamente, su sentido global de la humanidad, de la misión, del mundo entero.  En la parroquia no solo recibe los sacramentos sino que en ella se forjará como apóstol y pertenecerá a distintos grupos o asociaciones eclesiales. Va a implicarse en la vida religiosa de Os a través de su pertenencia a distintos movimientos de la parroquia.

El tercer rasgo es el discernimiento. Como bien sabemos, Manuela se va a ver en la necesidad de discernir su camino vocacional. Será capaz de oponerse a la voluntad de su padre solo porque la primacía de la voluntad de Dios está en ella muy afianzada. Pero lo conseguirá a través de un largo y dolorosos discernimiento personal. Cuando se le plantea la opción del matrimonio Manuela, que se siente llamada a ser toda de Dios, recurre a los medios habituales de oración y dirección espiritual. Sin embargo, se percata pronto de que las mociones internas que ella experimenta no van de acuerdo con las directrices que le indica el director espiritual. Y es ahí cuando Manuela empieza un largo camino que la llevará a ser, con los años, maestra de discernimiento. Es altamente significativo el sueño, tan conocido, en el que ella se ve saliendo de la Iglesia, casada con un individuo y el llanto que la acongoja cuando piensa que ha sido infiel a la primacía de la voluntad de Dios. En ese sueño ella se ve saliendo de la Iglesia,  es decir saliendo de la relación íntima que tiene con Dios, representada en la Iglesia. Había recorrido muchas veces el camino de su casa a la Iglesia, había entrado cotidianamente en el templo, había pasado horas en él;  y sin embargo, en el sueño sale, se aleja. El llanto que la despierta es un camino de purificación que la ha llevado al gozo de descubrir claramente por fin cual es la voluntad de Dios. A través del llanto, llega al gozo y promete al Señor ser siempre suya.
En muchas otras ocasiones Manuela tuvo que discernir: en el momento de la enfermedad, cuando era novicia en Tremp, tuvo que discernir qué quería Dios de nuevo. En Talarn debió discernir si aceptaba o no la reforma de las constituciones. En los casi dos años de Granadella discernió si se mantenía firme o cedía…Y en los largos doce años de la calle Santa Ana discernir ya era para ella un hábito del espíritu.

Así pues aprendemos algo de madre Encarnación que podemos imitar todos.
a) la búsqueda constante y en todo de la voluntad de Dios
b) la vinculación a la Iglesia y la responsabilidad ante el don de la fe
c)la obligación de ir discerniendo día día, no solo en las grandes ocasiones, en qué serviremos mejor y cómo complaceremos más a nuestro Señor.


                                                     (seguirá)

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