sábado, 4 de junio de 2016

CONOCIENDO A NUESTRA COFUNDADORA (XI)


LA RESTAURACIÓN



La fundación del Colegio Nuestra Señora de los Ángeles

En 1896 el obispo de Barcelona reconocía, por fin, la comunidad de Santa Ana que establece así, oficialmente, el colegio San José. Animado por esta circunstancia, el padre Manyanet decide abrir un colegio en el barrio de la Sagrera y de nuevo piensa en M. M.ª Encarnación.
El 3 de noviembre de 1898 se inauguraba el nuevo centro del cual M. M.ª Encarnación es superiora. El colegio Nuestra Señora de los Ángeles tiene especial importancia porque es la primera casa que va a permitir dedicarse a la enseñanza y educación en plenitud. La obra es de Rubió i Bellver, discípulo de Gaudí. Los comienzos son muy pobres y, de momento, viven de las tareas domésticas —lavado y planchado de ropa— que muchas realizan, entre ellas M. M.ª Encarnación. Ella sabe que para Barcelona se necesitan “jóvenes instruidas” y pone al frente de las clases a las mejores. M. M.ª Encarnación está habituada al trabajo desde muy niña. Y, a pesar de ello, nunca ha debido emplearse tan a fondo para que la obra se sostenga económicamente.



El padre Manyanet está pendiente de la organización del Instituto. Según M. M.ª del Pilar Mas, autora de la Historia de la Congregación:
“Una tarde se reunió en el Colegio nuestro Rdmo. Padre, la Rdma. Madre y la M. Vicaria; luego comunicaron a la Comunidad habían sido elegidas para formar Consejo General la Rdma. Madre, como Superiora General; Vicaria, Rda. M. Josefa Tous; Secretaria, la M. M.ª del Pilar Mas; M. Trinidad Menal, Procuradora, y Consejeras, M. Loreto (Pascual) y M. Asunción Niell. Este fue el primer Consejo del Instituto elegido por el Padre Fundador, de acuerdo con las madres antiguas y del cual debían dimanar, en lo sucesivo, todos los permisos, traslados de personal, etc. como así se hizo” (M. M.ª Pilar Mas, Historia de la Congregación).
Según las necesidades se producen algunos cambios, pero el padre Manyanet pone siempre al frente a M. M.ª Encarnación; ha demostrado sobradamente que sólo la anima el amor a Dios y posee, además, un juicio natural que, unido al espiritual, la convierte en la piedra angular que la obra del milagro necesita.

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