sábado, 16 de abril de 2016

LAS OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES EN M. ENCARNACIÓN





Enseñar al que no sabe.

No hay duda que nuestra Cofundadora convirtió esta obra de misericordia en el objetivo de su vida tras conocer a san José Manyanet y asimilar su carisma y misión. Pero es preciso recordar que ella vio una íntima unión entre la devoción a María y la creación de una escuelita dominical para enseñar a las niñas de su pueblo natal, Os de Balaguer, que sólo el domingo podían estudiar algo ya prender “las cuatro reglas”.
 

M. Encarnación, con otras jóvenes del pueblo, había promovido la fundación en su parroquia de la Asociación de las Hijas de María en 1871. Tres años más tarde se abría la escuela para niñas. No pudo enseñar allí mucho tiempo pues ingresaría en las Concepcionistas. Pero llevaba ya en sí la certeza de que es preciso “enseñar al que no sabe…”
En 1877 entra en las Hijas de la Sagrada Familia y, siendo novicia, es destinada a Alguaire donde se enfrenta a las clases con el temor de no estar lo bien preparada que ella quisiera. Manyanet la tranquiliza al respecto:
“[Pido] que te pruebe ese país para gloria de Dios y provecho de esas criaturas, que, como dices muy a propósito, están sumamente necesitadas de toda clase de instrucción. No te espante el no saber mucho; enséñales lo que tú sabes, que antes ellas no lleguen ahí, tú ya habrás podido adquirir otros conocimientos, que en verdad siempre debemos procurar ensanchar y aumentar a mayor gloria de Jesús, María y José”.[1]
El 19 de febrero de 1892, al solicitar al obispo de Vic autorización para fundar en Aiguafreda, escribe:
“[deseamos]fundar una Congregación religiosa bajo la denominación de Hijas de la Santa Casa de Nazaret al objeto principal de dedicarse, después de la propia santificación, con todo empeño y según las fuerzas que las diere el Señor en la sana y puramente católica educación e instrucción de las niñas, así en las grandes poblaciones como en los más reducidos villorrios, sin distinción de clases ni de fortunas, y esto, en cuanto posible sea, gratis y por amor de Dios”.
Posteriormente su vocación educativa derivará en la formación de religiosas. Cuando está en Aiguafreda son muchas las jóvenes que aprenden de ella las virtudes básicas para adelantar en el camino de la vida espiritual. La humildad, dirá M. Encarnación, es el principio básico.
Pero ella consideró siempre la enseñanza “nuestro deber principal” y a través de sus cartas vemos cómo preparaba las clases y se lamentaba cuando el exceso de otros trabajos le impedía hacerlo como ella quería. Ella era brillante en labores, una actividad básica en aquel momento, y enseñó a muchas niñas. Pero también aceptó dedicarse a trabajos de mantenimiento económico para que otras pudieran atender las clases y promover así el colegio de la Sagrera para el cual pedía “jóvenes instruidas”.
Su vida fue una oblación al servicio de la educación. Desde aquí, desde este blog, le agradecemos estar hoy en tantas partes del mundo realizando, como ella, la obra de misericordia de “enseñar al que no sabe”.


[1] Cartas de san José Manyanet a la Sierva de Dios. Sant Andreu de Palomar, 14 febrero 1878

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